A una semana de la celebración del Día Internacional del libro reflexionamos acerca de que tan buenos lectores somos los chilenos, en especial los jóvenes. ¿Leemos por gusto o por obligación? ¿Apreciamos realmente los libros?

Un estudio realizado hace algunos años por la Unesco, arrojó resultados que derribaron el mito que sostenía que en Chile se leía poco. Es más, en cuanto a cifras los chilenos somos los segundos a nivel latinoamericano que más leemos, solo sobrepasados por los argentinos.

Sin embargo, la misma muestra señala que Chile es uno de los países que menos lee por gusto. Mientras que Argentina y Brasil el 70% y 40% de la población señala leer por recreación, en Chile solo el 7% dice hacerlo por gusto a la literatura.

Para conocer el porqué de este fenómeno, especialmente enfocado en los jóvenes, conversamos sobre este tema con la experta en literatura,  escritora y docente de la facultad de humanidades de la Universidad de Tarapacá, Ana María Soza, quien en su análisis coincide con las cifras entregadas por el estudio, pero agregando tres factores claves que inciden en la percepción que tenemos de nosotros mismos como lectores.

“Principalmente, hay tres ideas. La primera es que no creo que en chile se lea poco, tal vez se lee poco si tú aplicas el concepto tradicional de la lectura. Yo creo que eso ha ido cambiando,  creo que los jóvenes son buenos lectores. Si uno observa a los estudiantes se lo llevan leyendo todo el día. Ahora no leen los mismos textos clásicos, ni los formatos, ni los mismos temas que a lo mejor nosotros quisiéramos que lean.

Yo creo que hay que cambiar esa idea de que los jóvenes no leen o no les gusta. De repente no encuentran algo que los motiven a la lectura.” Señala la docente.

En relación a los dichos, explica que la pregunta no debiese ser si se lee o no se lee, sino que más bien ¿Qué leen? Y que el incentivo a la lectura –por parte de los jóvenes- es fundamental a la hora del análisis.

Como un segundo factor a la falta de incentivo hacia la lectura, Ana María Soza añade que existe como sociedad una desvalorización a lo literario, “creo que como cultura, como país hemos dejado que los libros se vuelvan en algo extraño, ajeno, que pertenezcan a un grupo selecto. Eso está respaldado sobre todo por lo costoso que resultan los libros. En otros lados de Latinoamérica vemos que los libros no son costosos, que las editoriales acercan al lector y no lo alejan como acá.

Muchas veces los libros son más costosos que otros artículos y productos que no son de ninguna necesidad. ¿Entonces que ponemos al alcance de los jóvenes, aquello que les hace daño, aquello que es nocivo para ellos y la sociedad, y alejamos los libros y que pueda hacer la lectura parte de él?” reflexiona nuestra experta.

En cuanto a la búsqueda de responsables, Soza es enfática en señalar que no existe un único responsable sobre el tema, que endosar responsabilidad a políticas de estado o a algún gobierno en particular es no afrontar como sociedad la problemática que se vive en torno al hábito de la lectura.

“Creo que en esto estamos todos involucrados, todos somos responsables de acuerdo al rol que desempeñamos en esa situación. Nosotros los profesores somos responsables en no hacer reflexionar al alumno en esa problemática, porque ese alumno será parte de la sociedad después en una profesión determinada y va a influir en un cambio.

Para ella el hincapié está en la mentalidad de nosotros, más allá de que un libro hoy en día sea costoso, de no generar un cambio en lo social, su precio por más que varíe no nos acercará a la literatura.

“Aunque esté escrita una ley que diga que los libros tienen que bajar de precio, pero si no hay un cambio en la sociedad, aunque los libros estén ahí, nos habremos olvidado de leerlos y el valor de tenerlos.” Agrega.

En cuanto a las posibles soluciones, y consultada en si una de ellas sería la apertura hacia nuevos escritores y una nueva forma de hacer literatura para atraer a los jóvenes, Ana María Soza encuentra un tercer factor influyente en el desencanto por la literatura. La docente y experta en Literatura, de forma autocritica señala lo siguiente.

“Somos una cultura muy conservadora, muy prejuiciosa, con mucho temor de lo que van a decir los demás. De repente cuando los alumnos proponen un autor, empezamos hacer todo un análisis y a veces coartamos por que decimos  que no… no hay bibliografía sobre ese autor, no porque nadie lo ha investigado, no es tema, etc. Entonces existe una cierta costumbre muy enraizada -sobre todo en la academia- de coartar el ímpetu de nuestros alumnos de tratar algo que no se ha visto, que no se ha hecho.

Yo creo que en el fondo hay una lucha entre un canon clásico muy cuestionado y sometido a evaluación y la propuesta de los jóvenes de probar, escribir y ejercitar con lo nuevo”. Puntualiza.

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